Los conejos tenemos nombres

1111024Cuando cumplí siete, en mi barrio se puso de moda un juego muy peculiar.

Era sencillo. Estábamos todos haciendo cualquier cosa y de pronto si un burro rebuznaba algún conejo o un noconejo gritaba:

– “¡ahí viene la vejez!”

Entonces todos corríamos a saltar en cualquier cosa; sillas, mesas, pretiles, los brazos de madres inadvertidas. La cuestión era, que la vejez corría por el piso y con solo siete, no quería volverme como mi bisabuelo.

En una semana de febrero, a mi calle se mudó una familia. Y con todos los loros, perros y morrocoyos llegó un conejo que se llamaba Felipe.

Felipe no tenía siete, el era un año mayor, pero desde que nos vimos, mientras saltaba por ahí, nos caímos bien.

El tenía ojos grandes y medio dormidos, los míos eran pequeños pero vivaces, ambos rojos como todos los conejos.

Nos volvimos novios.

En el colegio me enseñaron a escribir mi nombre F R A N C I S C O.

Pero yo quería aprender a escribir F E L I P E, además, cada que escuchábamos un rebuznar:

-“¡ahí viene la vejez!”, gritaban.

Felipe y yo nos quedábamos en el piso, esperando envejecer juntos.

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